El hielo de la Antártida es uno de los elementos más importantes en la estabilidad el clima de nuestro planeta.

Una visión simplista del tema os hace pensar que las temperaturas en las capas inferiores de esta imponente masa de hielo son extremadamente bajas y no se verán afectadas nunca por el actual cambio climático, pero la realidad es mucho más compleja como demuestran los más recientes estudios científicos basados en datos recogidos por satélites.

El satélite SMOS de la ESA (Agencia Espacial Europea) celebra ahora diez años en órbita y en su lista de éxitos se encuentra un nuevo resultado. Según los datos facilitados ahora por esta agencia y un equipo internacional, se ha demostrado que el SMOS puede emplearse para medir cómo la temperatura del manto de hielo antártico cambia con la profundidad y cómo es mucho más alta en el fondo.

El manto de hielo antártico tiene unos 2 km de grosor de media, aunque en algunos puntos el lecho rocoso se encuentra a casi 5 km bajo la superficie de este imponente casquete de hielo polar.

La mayoría de nosotros habría pensado que la temperatura del hielo, independientemente de su grosor, se mantendría más o menos sin cambios: básicamente, muy fría.

Antártida

Fuente: Pixabay

En cambio, aunque la superficie de esta cubierta de hielo está fría, la temperatura aumenta con la profundidad, sobre todo debido al calor geotérmico basal bajo la corteza terrestre. En ciertos lugares, la temperatura es lo bastante alta como para fundir el hielo, lo que explicaría la presencia de lagos y una vasta red hidrológica en el lecho rocoso.

No obstante, hay poca información precisa sobre la forma exacta en que la temperatura varía según la profundidad, más allá de los puntos donde se ha sondeado el núcleo de hielo.

Como las gigantescas capas de hielo blanco que cubren la Antártida y Groenlandia reflejan la radiación solar incidente, devolviéndola al espacio, constituyen unos reguladores del sistema climático importantísimos y, en consecuencia, desempeñan un papel clave para la salud de nuestro planeta.

Sin embargo, estas cubiertas de hielo también están siendo víctimas del cambio climático. Por ejemplo, este año se descubrió que el calentamiento de los océanos ha hecho que el hielo adelgace con tal rapidez que un cuarto del hielo de glaciar de la Antártida Occidental es ahora mismo inestable.

Dado que la desaparición del manto de hielo es en gran medida responsable del aumento del nivel de los océanos, lo que a su vez pone en peligro las vidas de cientos de millones de personas en todo el mundo, resulta vital que comprendamos mejor cómo la temperatura influye en las dinámicas de la cubierta de hielo.

En concreto, se emplean datos satelitales para medir cambios en la altura de las capas de hielo y, por lo tanto, en su “balance de masas”, donde termina la capa de hielo y comienzan las plataformas de hielo flotantes: sus líneas de contacto, su temperatura superficial y la velocidad a la que fluyen las corrientes de hielo.

La temperatura es uno de los parámetros que determina la viscosidad del hielo y cómo este fluye y se desliza sobre el lecho rocoso que hay debajo. Por su parte, el flujo del hielo afecta al perfil de temperatura a través del calentamiento por esfuerzo; efectivamente, se trata de un proceso complicado.

Los datos de temperatura también son fundamentales para entender la presencia de acuíferos dentro o en la base de las capas de hielo. Esto puede resultar relevante para indicar la existencia de lagos subglaciales, por ejemplo, lo que a su vez influye en la dinámica del manto de hielo.

La variación de la temperatura en función de la profundidad del hielo no es algo que se pudiera medir desde el espacio hasta ahora. Sin embargo, según un artículo publicado recientemente en Science Direct, SMOS ofrece nuevas oportunidades para ello.

Giovanni Macelloni, del Instituto de Física Aplicada “Nello Carrara” del Consejo Nacional de Investigación italiano (IFAC-CNR), lo explica así: “Normalmente obtenemos los perfiles de temperatura del manto de hielo a partir de modelos o mediante mediciones in situ tomadas en sondeos, pero obviamente la información que se consigue es escasa”.

Hasta ahora, los datos de temperatura tomados desde el espacio se habían limitado a la superficie o a la capa subyacente más superficial, recogidos con sensores térmicos por infrarrojos o sensores de microondas.

Los investigadores de IFAC-CNR y el Instituto de Geociencias Ambientales francés se sirvieron del satélite SMOS de la ESA para ver si había alguna manera de obtener esta información en lugar de depender de modelos y sondeos sobre el terreno.

“Combinamos las observaciones de microondas pasivas en banda L de SMOS sobre la Antártida con modelos glaciológicos y de emisiones para obtener información sobre las propiedades glaciológicas de la cubierta de hielo a distintas profundidades, incluida la temperatura”, continúa el doctor Macelloni.

“La temperatura tiene un papel fundamental en la dinámica del manto de hielo, por lo que estamos muy satisfechos de poder afirmar que nuestra investigación, al compararse con los modelos, proporciona una mejor estimación del aumento de la temperatura en función de la profundidad, mostrando las mayores diferencias cerca del lecho rocoso”.

“Está claro que SMOS está abriendo un abanico de posibilidades mucho mayor de lo que esperábamos cuando fue lanzado hace diez años”. JEC

Fuente: La Vanguardia

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