Basta con que una ciudad de asfalto y hormigón se enfrente a una lluvia torrencial o a una ola de calor abrasadora para que sus fragilidades queden expuestas. Ante una lluvia intensa, el agua resbala sobre superficies impermeables, sobrecarga las alcantarillas y provoca inundaciones en cuestión de minutos. Durante una ola de calor, el asfalto y el hormigón acumulan y liberan la energía solar, generando islas de calor que elevan varios grados la temperatura y exponen a la población más vulnerable a condiciones extremas.
Durante décadas, nuestra respuesta ha sido prácticamente la misma: más hormigón, más tuberías y más aire acondicionado. Vista la inviabilidad de este modelo, asistimos hoy a un cambio de paradigma que está transformando el urbanismo del siglo XXI. La pregunta ya no es solo cuánta naturaleza necesita una ciudad, sino dónde debe incorporarse, qué función debe desempeñar, quién se beneficiará de ella y cómo podemos demostrar que realmente funciona.
Las Soluciones Basadas en la Naturaleza, o SbN, parten de esta nueva perspectiva: utilizar procesos ecológicos y sistemas naturales para abordar problemas sociales y ambientales, generando simultáneamente beneficios ambientales, económicos y sociales. Pueden contribuir a gestionar el agua y el calor urbano, mejorar la biodiversidad, favorecer la salud pública, cualificar el espacio público y reforzar la resiliencia urbana. Pero no toda intervención verde es una SbN. Para serlo, debe responder a un problema social concreto, apoyarse en procesos ecológicos, generar beneficios para la biodiversidad y los servicios ecosistémicos, e incorporar criterios de viabilidad económica, participación, gobernanza y adaptación a largo plazo.

La UICN ha desarrollado un estándar con ocho criterios y veintiocho indicadores para certificarlo, dejando claro que esto no es cuestión de estética, sino de eficacia. Una cubierta vegetal, por ejemplo, gestiona la lluvia, reduce el calor y crea hábitat; un río renaturalizado mejora la biodiversidad, regula los caudales y genera espacio público; un corredor verde conecta hábitats, favorece la movilidad activa y reduce la exposición térmica. La naturaleza, bien utilizada, resuelve varios problemas a la vez.
Una SbN no es automáticamente sostenible ni socialmente justa. Su eficacia depende de la escala, el contexto ecológico, el mantenimiento, la gobernanza y la distribución de costes y beneficios. La propia UICN exige considerar biodiversidad, viabilidad económica, gobernanza inclusiva, compensación de impactos y gestión adaptativa
La transformación del agua es uno de los primeros grandes campos de actuación
Durante décadas, la ingeniería urbana persiguió un objetivo sencillo: evacuar el agua de lluvia lo más rápido posible. El esquema era lineal: lluvia, alcantarillado y río. Hoy sabemos que este modelo resulta cada vez menos adecuado ante el cambio climático y la creciente impermeabilización urbana. Las llamadas ciudades esponja plantean una estrategia diferente: retener, infiltrar, almacenar y reutilizar el agua. Jardines de lluvia, pavimentos permeables, zanjas vegetadas, humedales urbanos, cubiertas verdes, parques inundables y sistemas naturales de retención permiten convertir la lluvia en un recurso en lugar de tratarla únicamente como una amenaza.

China se ha convertido en uno de los países que más ha apostado por el modelo de ciudad esponja, especialmente desde que las graves inundaciones urbanas pusieron de manifiesto las limitaciones de los sistemas convencionales de drenaje. En Pekín, una de las ciudades más afectadas por estos episodios, se han desarrollado intervenciones orientadas a retener y absorber el agua de lluvia mediante espacios verdes, zonas inundables y sistemas de drenaje sostenible. Otras ciudades, como Shanghái, Wuhan, Zhoushan, Chongqing, Suzhou, Xiamen, Xi’an y Jinhua, también han incorporado este enfoque. En esta última destacan grandes parques con pasarelas elevadas y superficies capaces de inundarse temporalmente, diseñadas para almacenar el agua durante episodios de lluvia intensa y reducir la presión sobre la infraestructura convencional.

Portland, en Estados Unidos, ofrece un ejemplo consolidado. Su programa de desconexión de bajantes ha superado las 56.000 intervenciones y evita que aproximadamente 1.200 millones de galones de agua de lluvia al año lleguen al sistema combinado de alcantarillado. Hamburgo, por su parte, ha incorporado las cubiertas verdes a su estrategia municipal, con el objetivo de alcanzar 100 hectáreas de superficie vegetada capaces de contribuir tanto a la retención del agua como a la adaptación térmica. La idea es sencilla, pero implica un cambio profundo: la lluvia deja de ser un residuo que debe evacuarse y pasa a formar parte del funcionamiento ecológico de la ciudad.
La conectividad del territorio es el siguiente desafío
Una ciudad verde no es una colección de parques aislados, sino una red que conecta la trama urbana con su entorno mediante corredores verdes y fluviales, vías verdes, cinturones periurbanos y espacios de agricultura urbana y periurbana. Vitoria-Gasteiz constituye un referente en este ámbito, con una estrategia de infraestructura verde orientada a regenerar áreas degradadas, mejorar la biodiversidad y la conectividad ecológica y reforzar la adaptación frente al cambio climático.
Madrid ha planteado una intervención de mayor escala con el Bosque Metropolitano, una infraestructura verde de aproximadamente 75 kilómetros destinada a conectar parques, espacios periurbanos y corredores ecológicos. El cambio conceptual es importante: la infraestructura verde deja de considerarse un elemento ornamental y pasa a desempeñar funciones estratégicas para el funcionamiento urbano, al igual que otras redes esenciales de la ciudad.

Si los corredores verdes conectan el territorio, los ríos pueden articular la relación entre la ciudad y sus sistemas hídricos. La restauración fluvial implica recuperar riberas, eliminar canalizaciones innecesarias, reintroducir vegetación autóctona, habilitar espacios inundables y restablecer la conectividad ecológica. El objetivo no es simplemente mejorar la imagen del cauce, sino recuperar parte de sus procesos ecológicos e hidrológicos.
En Madrid, la recuperación del río Manzanares ha favorecido el retorno de biodiversidad a determinados sectores. En Seúl, el proyecto Cheonggyecheon constituye uno de los ejemplos internacionales más conocidos: la recuperación de 5,8 kilómetros de cauce ha contribuido a mejorar las condiciones ambientales del entorno y, según diversos estudios, a reducir las temperaturas superficiales y atmosféricas en sus proximidades. La lección es relevante: renaturalizar un río no significa simplemente plantar vegetación en sus márgenes, sino recuperar, en la medida de lo posible, sus funciones ecológicas.

El arbolado constituye, además, una de las principales defensas frente al calor extremo
Cuando la sombra contribuye a reducir la exposición al calor, el árbol urbano deja de ser únicamente un elemento ornamental y adquiere una función de salud pública. La sombra, la evapotranspiración y la reducción de las temperaturas superficiales mejoran el confort térmico y pueden disminuir la demanda energética.
Un metaanálisis publicado en Communications Earth & Environment, que analizó 182 estudios en 110 ciudades, encontró reducciones de la temperatura a escala peatonal de hasta 12 °C en determinadas condiciones, aunque el efecto depende considerablemente del clima, la morfología urbana y las características de las especies utilizadas. Otra síntesis publicada en Nature Cities en 2025, basada en 373 estudios, estimó una reducción media de aproximadamente 2,04 °C durante periodos cálidos para las SbN analizadas, con mejores resultados a escala de barrio. La conclusión práctica es clara: no basta con plantar más árboles; es necesario determinar dónde ubicarlos, qué especies utilizar y qué estructura vegetal permite maximizar sus beneficios.
La ciudad del futuro no puede limitarse a gestionar el agua y reducir el calor. También debe funcionar como un ecosistema capaz de sostener biodiversidad. Esto implica superar el modelo del jardín ornamental basado en céspedes uniformes y especies de elevado consumo hídrico y avanzar hacia una mayor diversidad de vegetación autóctona, polinizadores, aves, refugios de fauna, humedales y estructuras vegetales diversas, reduciendo además el uso de pesticidas.
El Reglamento europeo de Restauración de la Naturaleza refuerza esta orientación al establecer objetivos relacionados con la conservación y el incremento de espacios verdes y cubierta arbórea urbana. La renaturalización urbana deja así de ser únicamente una cuestión de diseño paisajístico y pasa a formar parte de las políticas ambientales y de planificación.

Sin embargo, transformar físicamente la ciudad exige también transformar la manera en que se toman las decisiones. Y aquí aparece una pregunta fundamental: ¿quién decide dónde y cómo se renaturaliza una ciudad?
La participación ciudadana, el codiseño, la ciencia ciudadana, las asociaciones vecinales, las administraciones, los profesionales, las empresas y las organizaciones ambientales pueden desempeñar un papel relevante en estos procesos. La gobernanza inclusiva permite incorporar conocimientos locales, identificar necesidades y anticipar conflictos. La naturaleza urbana, por tanto, no debería implantarse únicamente desde arriba, sino construirse mediante mecanismos de diálogo, participación y corresponsabilidad.
Existe, además, un riesgo que la planificación no puede ignorar: ¿puede la naturaleza terminar expulsando a quienes pretende beneficiar?
La gentrificación verde está documentada en diferentes ciudades. La creación de un parque o corredor verde puede mejorar la calidad ambiental y, al mismo tiempo, aumentar el atractivo inmobiliario, elevar los precios y dificultar la permanencia de los hogares con menores ingresos. En el entorno del High Line de Nueva York, por ejemplo, diferentes investigaciones han relacionado la intervención con un notable incremento del valor residencial.
Robert Hammond, cofundador del proyecto, ha reconocido que el parque contribuyó al desplazamiento cultural y de sectores de clase media en los barrios de Meatpacking District y Chelsea. El problema no fue el parque en sí, sino no haber anticipado cómo el aumento del valor inmobiliario y de los alquileres afectaría a los comercios y residentes con menores ingresos.
Según Hammond, High Line se diseñó pensando principalmente en la ciudad, los contribuyentes y los propietarios, pero no incorporó suficientemente desde el principio a las comunidades de menores ingresos. Con el tiempo, el proyecto revisó sus programas y amplió la diversidad de sus visitantes, pero su propia experiencia deja una lección importante: la infraestructura verde debe planificarse también como una política de equidad urbana.
La principal enseñanza de High Line no es que debamos evitar los grandes proyectos de renaturalización, sino que debemos anticipar sus efectos sociales. La participación vecinal, la vivienda asequible, prevención del desplazamiento, inversión prioritaria en barrios con déficit de espacios verdes, seguimiento de los precios y alquileres e indicadores de equidad territorial deben formar parte del proyecto desde su diseño, no cuando sus consecuencias ya son visibles. La ciudad verde solo puede considerarse verdaderamente sostenible si sus beneficios ambientales son también socialmente accesibles.
La cuestión final es inevitable: ¿cuánto puede ganar una ciudad al trabajar con la naturaleza?
La evidencia disponible apunta a beneficios ambientales, energéticos y económicos significativos. Una evaluación europea estima que renaturalizar el 35 % de la superficie urbana del continente podría evitar hasta 55,8 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año, reducir hasta 92 TWh anuales la demanda de refrigeración y disminuir las temperaturas estivales entre aproximadamente 2,5 y 6 °C en los escenarios estudiados. El valor actual neto de los beneficios monetizados y no monetizados asociados a esta ecologización supera, según esta evaluación, los 1,323 billones de euros.
Estas cifras proceden de metodologías, escalas y contextos climáticos diferentes y, por tanto, no son directamente comparables. Sin embargo, muestran una misma tendencia: la naturaleza urbana puede generar beneficios simultáneos sobre el agua, el clima, la biodiversidad, la salud y la economía. La ciudad del futuro no será simplemente más verde. Será más inteligente ecológicamente. No se trata de añadir macetas al asfalto ni de cubrir el hormigón con vegetación, sino de rediseñar los flujos de agua, calor, energía y biodiversidad mediante infraestructuras capaces de trabajar con los procesos naturales.
El nuevo urbanismo requiere que seamos capaces de leer el territorio, comprender sus procesos ecológicos y traducirlos en decisiones de planificación. Un árbol bien situado puede reducir el calor; un jardín de lluvia puede gestionar la escorrentía; un corredor verde puede conectar hábitats y mejorar el confort urbano. Cuando la naturaleza se entiende como parte de la infraestructura urbana, deja de ser un elemento ornamental y se convierte en una herramienta estratégica para construir ciudades más resilientes, saludables y equitativas.
Desde el Instituto Superior del Medio Ambiente, nos súmanos al movimiento de incentivar estrategias de crear ciudades verdes para fomentar la conservación de la biodiversidad con objeto de construir entornos más verdes, saludables y amigables con la naturaleza; para lo cual hemos desarrollado el curso Ciudades verdes: hacia la regeneración urbana, en modalidad ON LINE. En este curso expondremos las herramientas teóricas y prácticas básicas de implementación de planes de renaturalización de las ciudades a través de los espacios verdes urbanos, periurbanos y naturales interconectados. Todo ello a través de acciones de agricultura urbana, sistemas de drenaje sostenible, muros y tejados verdes entre otros, con el fin de conseguir un urbanismo sostenible en nuestras ciudades.
Te esperamos.








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