Durante décadas, viajar dejó de ser una práctica reservada para familias acomodadas y se convirtió en una experiencia accesible para amplias capas de la sociedad. La democratización del turismo transformó economías locales, abrió oportunidades de empleo y permitió que millones de personas pudieran conocer otros territorios, culturas y formas de vida. Sin embargo, ese mismo proceso ha terminado generando tensiones difíciles de ignorar.

Hoy, ciudades como Barcelona, Venecia, Ámsterdam, Dubrovnik o Bali simbolizan una paradoja cada vez más visible, destinos que viven del turismo y, al mismo tiempo, sienten que el turismo amenaza parte de su identidad, su equilibrio territorial y su calidad de vida. El sobreturismo ha dejado de ser un concepto académico para convertirse en una experiencia cotidiana para residentes y visitantes.

Las cifras ayudan a entender la dimensión del fenómeno. España recibió en 2025 casi 98 millones de turistas internacionales, según datos del INE, mientras que ciudades como Venecia durante jornadas de máxima afluencia turística, el número de visitantes en el centro histórico puede superar ampliamente a la población residente, que es de apenas alrededor de 50.000 habitantes en la isla principal. En Mallorca, las protestas ciudadanas contra la saturación turística se han intensificado en los últimos años, especialmente por el impacto del alquiler vacacional sobre el precio de la vivienda. Y en Ámsterdam, el ayuntamiento decidió limitar la construcción de nuevos hoteles y restringir determinadas actividades turísticas para contener la presión urbana, y también alejar su terminal de cruceros del centro de la ciudad.

El diagnóstico parece relativamente compartido, determinados destinos han superado sus límites ecológicos y sociales. El problema comienza cuando se debate cómo actuar. En muchos casos, las administraciones están apostando por medidas orientadas a reducir el volumen de visitantes mediante el incremento de precios, tales como tasas turísticas más elevadas, restricciones de acceso, limitaciones al alojamiento económico o encarecimiento de servicios y actividades. La lógica es sencilla, menos turistas, menos presión sobre el territorio.

Pero la cuestión merece una reflexión más profunda.

Reducir el número de turistas aumentando los precios puede disminuir la masificación, pero también puede convertir el derecho a viajar en un privilegio económico.”

Venecia representa quizá uno de los ejemplos más simbólicos. La ciudad italiana comenzó a aplicar en 2024 un sistema de pago de entrada de 5 euros para visitantes de un solo día en determinadas fechas de alta afluencia. La medida buscaba gestionar mejor los flujos turísticos y financiar el mantenimiento urbano. Sin embargo, también abrió un debate incómodo: ¿Estamos protegiendo la ciudad o seleccionando qué tipo de visitante puede acceder a ella?

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Algo similar ocurre en otros destinos donde el turismo de lujo empieza a presentarse como solución al turismo masivo. El argumento suele repetirse, menos turistas con mayor capacidad de gasto generan más ingresos y menos presión. Sobre el papel parece razonable. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja.

Un turista con alto poder adquisitivo no necesariamente consume menos recursos por persona. Por el contrario, los hoteles de lujo se caracterizan por un consumo energético y hídrico elevado, así como por la prestación de servicios intensivos (piscinas, spas, climatización permanente, limpieza diaria), lo que incrementa su huella ambiental. Además, este segmento suele depender del transporte aéreo de larga distancia, que representa la mayor parte de las emisiones de gases de efecto invernadero en la actividad turística. Diversos estudios internacionales muestran que el impacto ambiental del turismo depende menos del número absoluto de turistas que de los modelos de movilidad, consumo y urbanización asociados.

Además, la elitización turística puede provocar una doble exclusión social. Por un lado, expulsa progresivamente a residentes locales debido al aumento del coste de vida y de la vivienda. Barcelona ofrece un ejemplo evidente, el crecimiento de apartamentos turísticos y la presión inmobiliaria han contribuido a encarecer barrios enteros y a desplazar población residente hacia periferias menos accesibles.

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Por otro lado, también excluye a viajeros con menor capacidad adquisitiva, al transformar los destinos en espacios de consumo de alto nivel. El turismo, entendido históricamente como conquista social vinculada al descanso, al ocio y al derecho a conocer otros territorios, corre el riesgo de revertirse hacia un modelo de exclusión que restringe su acceso a determinados grupos sociales.

Y aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Puede hablarse de sostenibilidad si las soluciones aumentan la desigualdad?

La sostenibilidad turística no debería medirse solo por el número de visitantes, sino también por quién puede habitar, disfrutar y acceder a los territorios.”

El debate no es sencillo porque el sobreturismo existe y sus impactos son reales. La saturación deteriora ecosistemas, incrementa residuos, presiona infraestructuras, transforma el comercio local y altera profundamente la vida cotidiana de muchas comunidades. Ignorar estos límites sería irresponsable. Pero tampoco parece razonable asumir que la única salida consiste en encarecer los destinos hasta hacerlos inaccesibles para gran parte de la población.

Quizá el problema no sea únicamente cuánto turismo existe, sino cómo se organiza. Algunas alternativas empiezan a abrir caminos interesantes. Diversos territorios europeos están apostando por estrategias de redistribución temporal para reducir la concentración estacional. En lugar de recibir enormes volúmenes de visitantes durante pocas semanas, se busca repartir la demanda a lo largo del año mediante políticas culturales, transporte y promoción diferenciada.

También crecen las iniciativas de diversificación territorial. Portugal, por ejemplo, ha impulsado programas para descentralizar parte de la actividad turística fuera de Lisboa y Oporto, promoviendo regiones interiores menos saturadas. En Japón, algunos municipios rurales están utilizando el turismo lento y de pequeña escala basados en experiencias que aprovechen la naturaleza, la cultura tradicional y la gastronomía local, como herramienta de revitalización local sin depender de grandes flujos masivos.

Otro elemento clave es la regulación del alojamiento turístico ilegal y de determinadas dinámicas especulativas. Numerosos estudios coinciden en que parte importante de la presión urbana no proviene únicamente del número de turistas, sino de procesos inmobiliarios asociados al alquiler turístico intensivo y a la financiarización de la vivienda.

También comienza a ganar peso el debate sobre la movilidad. La aviación representa una parte sustancial de las emisiones globales del turismo, especialmente en trayectos de corta distancia donde existen alternativas ferroviarias viables. Reducir progresivamente determinados vuelos, incentivar transportes menos contaminantes y promover estancias más largas y menos frecuentes podría resultar más efectivo que simplemente seleccionar visitantes según su capacidad de gasto.

En el fondo, el desafío es profundamente político y social. Se trata de decidir qué tipo de turismo quieren los territorios y para quién deben diseñarse las ciudades y destinos turísticos.

El sobreturismo probablemente no desaparecerá por sí solo. Pero las respuestas simplistas también pueden generar nuevas desigualdades y tensiones sociales. Limitar visitantes exclusivamente a través del precio puede aliviar ciertos síntomas inmediatos, aunque difícilmente resolverá las causas estructurales del problema.

La verdadera dificultad consiste en encontrar un equilibrio delicado, respetar los límites ecológicos y sociales de los destinos sin convertir el viaje en una experiencia excluyente. Un turismo compatible con el bienestar de las comunidades locales, con menor presión ambiental y, al mismo tiempo, accesible de manera razonablemente equitativa.

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