Este verano en España, y otros lugares de Europa, las imágenes de montañas envueltas en llamas, pueblos evacuados y miles de hectáreas calcinadas volvieron a ocupar los titulares. La respuesta inmediata fue, nuevamente, centrarse en el despliegue de medios aéreos, brigadas forestales y dispositivos de emergencia. Sin embargo, cada vez más expertos coinciden en una idea que está transformando la gestión del territorio: la mejor forma de combatir un gran incendio forestal es impedir que alcance esa intensidad. Se trata de construir territorios que ardan menos, con menor intensidad y que permitan proteger a la población, a los intervinientes y al patrimonio natural.
Esta nueva visión sitúa al paisaje en el centro de la estrategia de prevención. Ya no se trata únicamente de apagar incendios forestales, sino de diseñar territorios más resilientes, donde la vegetación, los usos del suelo y las actividades humanas reduzcan la continuidad del combustible y dificulten la propagación del fuego. Es el principio que inspira los llamados paisajes antillamas, un modelo de gestión en que el territorio sea menos inflamable.
Cuando el bosque deja de protegerse a sí mismo
Los incendios forestales actuales presentan un comportamiento muy distinto al de hace apenas unas décadas. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, las olas de calor más frecuentes y los episodios de viento extremo favorecen incendios de gran intensidad, difíciles de controlar incluso con los medios de extinción más avanzados.
A ello se suma el profundo cambio experimentado por el medio rural. El abandono de tierras agrícolas, la reducción de la ganadería extensiva y la pérdida de aprovechamientos forestales tradicionales han permitido que enormes superficies de matorral y bosque crezcan de forma continua, acumulando una gran cantidad de biomasa seca. Este combustible vegetal convierte amplias zonas del territorio en auténticas autopistas para la propagación del fuego.
España continúa siendo uno de los países europeos más afectados por los incendios forestales. Aunque la superficie quemada varía considerablemente entre años en función de las condiciones meteorológicas, las últimas campañas han puesto de manifiesto un incremento de los denominados grandes incendios forestales, aquellos que superan las 500 hectáreas y cuyos efectos ecológicos, económicos y sociales pueden prolongarse durante décadas.
El secreto está en romper la continuidad del combustible
Durante siglos, el paisaje rural español estuvo formado por un mosaico de cultivos, pastizales, bosques, dehesas, olivares, viñedos y pequeños núcleos de población. Esta diversidad de usos del suelo generaba discontinuidades naturales que dificultaban el avance de los incendios.
Con el abandono progresivo de muchas actividades agrarias, ese mosaico ha desaparecido en numerosas comarcas, siendo sustituido por grandes masas forestales continuas. Cuando el combustible vegetal es homogéneo y continuo, el fuego encuentra pocas barreras para propagarse con rapidez.
Recuperar el paisaje en mosaico constituye hoy una de las estrategias más eficaces para reducir el riesgo de incendios. No consiste en abrir grandes cortafuegos artificiales, sino en combinar inteligentemente diferentes usos del territorio que interrumpan la continuidad de la vegetación y, al mismo tiempo, generen actividad económica.

De este modo, los paisajes en mosaico impulsados en distintas regiones españolas, como sierra de Gata en Extremadura o Las Peñuelas, dentro del Espacio Natural de Doñana (Andalucía), se recuperan olivares, viñedos, prados, huertas o zonas de cultivo abandonadas para crear franjas de menor inflamabilidad que actúan como barreras naturales frente al fuego. De esta forma, si se inicia un fuego, al llegar a uno de esos tramos de cultivo o de pasto ahí se detendrá y no se originará una gran destrucción de miles de hectáreas forestales. Estas actuaciones, además de reducir el riesgo de propagación, favorecen el mantenimiento de la población rural y la conservación del paisaje cultural.
Víctor Santana, investigador del Centro de Estudios Medioambientales del Mediterráneo, indica que esta creación de espacios diversos facilita también el tránsito de la fauna, de nuevos polinizadores y nuevas plantas rebrotadoras preparadas especialmente para sobrevivir al fuego.
Los bomberos de cuatro patas que trabajan los 365 días del año
Entre todas las herramientas disponibles, pocas resultan tan eficaces y sostenibles como la ganadería extensiva. Cabras, ovejas y vacas eliminan de forma continua parte de la vegetación que alimenta los incendios, actuando como un sistema permanente de gestión del combustible forestal.
No se trata únicamente de una práctica tradicional recuperada, sino de una solución basada en la naturaleza que ofrece múltiples beneficios ambientales y sociales. Allí donde existe un pastoreo bien planificado disminuye la acumulación de biomasa, se favorece la diversidad vegetal y se reduce la intensidad potencial de los incendios.

Vacas cachenas en el monte vecinal de Vincios, en Gondomar (Pontevedra). Fuente. El País Digital
En Galicia, por ejemplo, diferentes iniciativas desarrolladas tras los grandes incendios de 2017 han incorporado razas autóctonas de ganado para mantener limpias las zonas de interfaz entre bosques y áreas habitadas. Estos proyectos demuestran que la prevención puede convertirse también en una oportunidad para revitalizar la economía rural, apoyar a los ganaderos y conservar la biodiversidad.
Cada hectárea gestionada mediante pastoreo representa una superficie donde el fuego encuentra menos combustible y, por tanto, mayores dificultades para avanzar.
Diseñar el paisaje también significa gestionar el fuego
La prevención moderna de incendios no pretende eliminar los bosques, sino hacerlos más resilientes mediante una selvicultura preventiva. Para ello resulta imprescindible combinar la gestión forestal con una adecuada planificación del paisaje. Las actuaciones incluyen clareos selectivos, eliminación de vegetación excesivamente densa, mantenimiento de fajas de defensa, quemas prescritas, protección de la interfaz urbano-forestal, mantenimiento de áreas agrícolas, conservación de humedales, recuperación de dehesas y creación de corredores ecológicos que favorezcan la biodiversidad sin aumentar la continuidad del combustible. No hablamos únicamente de abrir cortafuegos. Cada una de estas actuaciones reduce la carga de combustible, rompe la continuidad del fuego y genera oportunidades tácticas para los servicios de extinción. En otras palabras, convierte un incendio potencialmente incontrolable en uno donde es posible intervenir con mayor seguridad y eficacia.
Este enfoque forma parte del concepto de infraestructura verde, promovido por la Unión Europea, que integra la conservación de los ecosistemas con la adaptación al cambio climático y la ordenación territorial. El objetivo es construir paisajes multifuncionales capaces de proporcionar servicios ecosistémicos, conservar la biodiversidad y reducir simultáneamente el riesgo de incendios.
Prevenir cuesta mucho menos que reconstruir lo perdido
Una de las preguntas más relevantes desde el punto de vista económico es si resulta más eficiente invertir en prevención o asumir posteriormente los costes de restauración. La respuesta es clara. Restaurar un ecosistema forestal gravemente afectado por un incendio implica actuaciones complejas y prolongadas: retirada de madera quemada cuando procede, estabilización de laderas, control de la erosión, recuperación del suelo, restauración hidrológica, reforestación, seguimiento ecológico y mantenimiento durante varios años.
Diversos proyectos europeos de restauración forestal estiman que estas intervenciones pueden superar fácilmente los 3.000 a 10.000 euros por hectárea, dependiendo del grado de degradación y de las actuaciones necesarias. Por el contrario, las labores preventivas, como el desbroce selectivo, el mantenimiento de cortafuegos verdes, el pastoreo dirigido o la gestión forestal periódica, suelen situarse entre 300 y 1.000 euros por hectárea y año, especialmente cuando se integran con actividades productivas que generan ingresos para la población local.
La diferencia económica es evidente. Pero el ahorro no es únicamente financiero. La prevención evita pérdidas irreparables de biodiversidad, emisiones masivas de carbono, degradación del suelo, contaminación de las aguas y graves impactos sobre la salud y la seguridad de las personas.

Un paisaje bien gestionado protege mucho más que los árboles
Los beneficios de los paisajes antillamas van mucho más allá de la reducción del riesgo de incendios. Desde el punto de vista ambiental, contribuyen a conservar la biodiversidad, mejorar la conectividad ecológica, proteger el suelo frente a la erosión, favorecer la infiltración del agua y aumentar la capacidad de captura de carbono.
En el ámbito social, generan oportunidades de empleo vinculadas a la agricultura, la ganadería, la gestión forestal y el turismo de naturaleza, ayudando a fijar población en áreas rurales afectadas por la despoblación. Además, incrementan la seguridad de las comunidades locales al reducir la probabilidad de que los incendios alcancen viviendas, infraestructuras y explotaciones agrarias.
Un paisaje bien gestionado no solo protege árboles. También a personas, actividades económicas y patrimonio cultural.
El futuro de la prevención comienza con una nueva forma de mirar el territorio
El cambio climático obliga a replantear nuestra relación con los incendios forestales. Continuar invirtiendo exclusivamente en medios de extinción será insuficiente si no se actúa previamente sobre las causas que favorecen la propagación del fuego.
Los nuevos paisajes antillamas demuestran que agricultura, ganadería extensiva, restauración ecológica, infraestructura verde y planificación territorial pueden trabajar conjuntamente para construir territorios mucho más seguros y resilientes.
Comprender cómo analizar, planificar y gestionar estos paisajes constituye hoy una competencia estratégica para ingenieros, ambientólogos, geógrafos, forestales, arquitectos paisajistas y profesionales del desarrollo territorial. En un contexto marcado por el cambio climático, la prevención basada en el paisaje dejará de ser una opción para convertirse en una de las principales herramientas de adaptación del siglo XXI.
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