Antes de la pandemia del COVID19, y en el transcurso de la misma, la masificación de los destinos turísticos es un tema de amplio debate público y privado. En donde, la estacionalidad, masificación o saturación, y crecimiento turístico conlleva que los destinos estén sobredimensionados por la llegada de millones de turistas que multiplican su población habitual. Incluso algunos destinos han llegado al extremo de cerrar, transitoriamente, por la llegada de masiva de turistas, sea el caso de la Isla de Boracay (Filipinas), del Cañón Fjaðrárgljúfur (Islandia) o la Islas Feroé (Dinamarca), entre otros.

Un problema, de momento, sin una solución a la vista. La cuestión es que mientras no se dé respuesta a esta problemática, la fuerza del mercado irá sin pausa transformando los ecosistemas locales, poniendo en riesgo los recursos culturales y generando disfunciones en la vida de las comunidades locales. El turismo masivo tiene un poder nefasto en la cultura, destruyendo las tradiciones, despojándolas de su significado por ende generando una pérdida en la identidad y autenticidad local. Como bien lo ejemplifica coloquialmente una vecina de Tarifa al toparse con su amiga Paqui en el mercado central de la ciudad, “Tarifa era un pueblo blanco, limpio, donde se vivía bien. Pero los de aquí ya no vivimos bien”.

turismo de masas

Estampa habitual en el Louvre ante la Gioconda. Fuente: https://valenciaplaza.com/arte-a-un-click-del-riesgo-y-la-banalizacion

Los destinos para hacer más comprensible sus recursos y atractivos a todas las culturas, tiene como consecuencia su homogenización, su banalización. Con la extraordinaria paradoja de que el visitante, buscando algo distinto termina encontrando todo uniforme y estandarizado. Al tiempo, que las tradiciones locales se banalizan volviéndose un mero espectáculo, destinado a un público masivo, de escaso valor histórico que desnaturalizan las manifestaciones culturales. Es así que después de muchas investigaciones y trabajos de campo, varios expertos coinciden que “la llegada de turistas a sociedades tradicionales altera en mayor o menor medida su cultura, sus tradiciones y la forma de ver el mundo”. Y esto da lugar muchas veces a que “las poblaciones locales modifican sus tradiciones (danzas, artesanía, historias…) seleccionando o transformando aquellos elementos que tienen más éxito con los turistas. Es decir, se selecciona y modifica la cultura que más vende, el resto simplemente pasa a ser historia en los museos”.

Es momento de ser drásticos, en que los destinos cambien este tipo desarrollo turístico depredador y prioricen el valor que aportan a la sociedad, más allá de su impacto económico. Aunque ciertamente no es nada simple, por cuanto, “cambiar esta dinámica conlleva problemas, sobre todo, porque en muchos lugares se ha convertido en la única actividad económica que permite sobrevivir a la población local”. En Cabo Verde, por ejemplo, “El turismo significa el 25% del PIB, y genera uno de cada cinco empleos”.

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El mercado municipal de Mindelo, Isla de Sao Vicente, Cabo Verde. Fuente El País Digital

A Juicio del Dr. José Fariña Tojo, catedrático de Urbanismo y Ordenación del Territorio. Profesor Emérito de la UPM, el cambio de los destinos debe pasar por:

  • Reequilibrar las rentas entre visitantes y residentes. Generalmente, la capacidad económica del turista es mayor que el de la población local. Hay que conseguir que parte del beneficio generado se quede en el destino. Particularmente en aquellos países o territorios de rentas bajas que suelen quedarse con las migajas del negocio, mientras que se enriquecen cada vez más los emisores e intermediarios. En algunos casos, las sociedades receptoras no se benefician ni en un 5% de las ganancias totales.
  • Mejorar la gestión. Es común que los destinos no cuenten con profesionales locales con iniciativa y visión suficiente para que se pueda producir un reequilibrio de rentas. Se una suerte de colonialismo encubierto. Así, son agentes ajenos al territorio los que, en realidad, se lucran de la actividad turística, considerando el lugar de recepción como propio, lo que dificulta que el deseable reequilibro de rentas se cumpla.
  • Mejorar el intercambio de conocimiento, ideas, culturas y costumbres entre el turista y la población local para un mejor entendimiento mutuo. El problema es que, en muchos casos, lo que se produce es una imposición de ideas, culturas y costumbres por parte del visitante. Hasta tal punto que, poco a poco, la población local se va acomodando a sus exigencias que, en gran medida, lo único que busca es un selfi para enviar a sus amistades. Y para ello requiere las comodidades a las que está acostumbrado, desde comidas a transportes, pasando por el alojamiento. Con la agravante de que lo diferencial (aquello que busca el turista) se borra paulatinamente y hay que recurrir a una recreación continuada del producto turístico.

El cambio del modelo es una oportunidad para los destinos, ya que implicaría diversificar sus servicios y productos por otros más respetuosos con el medio y rentable para toda la cadena de valor del destino incluidos la población local. Es indudable que cualquier cambio a desarrollar modelos exitosos y sostenibles no es posible sin atender a las singularidades y particulares de cada destino, por lo cual no hay recetas mágicas. Esto implica aborda a los destinos desde una mirada flexive y de una gestión adaptativa. Como no podía ser de otra forma, siempre respetando e involucrando a la población local. Para conseguirlo, es preciso descifrar y entender las complejas relaciones que se dan en cada destino, recogiendo todo el abanico de voces y experiencias plurales y diversas que convergen y nutrirán unas de otras para llevar a cabo una gestión inclusiva, pero sobre todo sostenible, del turismo. 

¿Cómo hacerlo?

Un sinfín de preguntas se pueden plantear al inicio, y continuamente en un marco flexible, tales como

  • ¿Cómo se puede hacer cambiar el modelo hacia la sostenibilidad cuando no se cuenta con la capacidad final de decidir sobre el terreno por consecuencias de políticas turísticas continuistas o de inacción?
  • ¿Cómo se puede hacer llegar a los ciudadanos y empresas la necesidad y la efectividad de estas actuaciones?
  • ¿Cómo se puede hacer llegar a los turista y visitantes su responsabilidad de cuidar y ser respetuoso con el destino que visita?
  • ¿Qué se puede hacer para atraer y exportar talento e inversión en base a unas condiciones de vida determinadas del destino?
  • ¿Es realmente posible cambiar nuestro modelo de construcción y servicios hacia otros canales más sostenibles y productivos?
  • ¿Existe un camino consensuado con objetivos claros y realistas a los que se quiera llegar a través de acciones concretas? y ¿Qué medidas se pueden tomar?
  • ¿Qué medidas se pueden poner en funcionamiento para coordinar de la mejor manera todos los intereses en juego y crear relaciones justas y beneficiosas para todos?
  • ¿Saben los ciudadanos, turistas y visitantes dónde va su dinero?
  • ¿Estarían dispuestos a pagar más turistas y visitantes, si se hiciera una gestión mejor, aunque no revirtiese directamente en ellos?
  • ¿Cómo debe ser la gestión del destino para que se puedan disfrutar y conocer y al mismo tiempo para no degradar lo que los hace únicos?
  • ¿Cómo se puede aprovechar los recursos culturales y naturales para crear un discurso que favorezca una gestión más sostenible de los recursos?
  • ¿Cómo se puede poner en valor la cultura y sus tradiciones para evitar la banalización y homogeneización que en ocasiones conlleva el turismo?
  • Entre otras …

Siguiendo con Cabo Verde, ellos tienen un plan para iniciar el cambio. Carlos Duarte, ministro de Turismo y Transporte, indica “Si no se puede competir por precios, hay que hacerlo con oferta propia y variada”. “Estamos creando productos basados en nuestra estabilidad, en nuestra riqueza histórica y cultural, nuestra música… Podemos presumir de riqueza paisajística, de turismo rural, de contacto directo con la población local…

Duarte, afirma, su programa tiene tres aristas y está pensado para el próximo lustro. Además de la diversificación, pasa, en segundo lugar, por la inversión en la promoción turística, con la idea de distanciarse de esa imagen de ser destino “secundario” o “pariente pobre” y de reivindicarse como otro nuevo, fresco, único. Y tercero, invertir en gobernanza y en sostenibilidad económica y social. Mejorar la situación de ese 26% de población que aún vive hoy bajo el nivel de la pobreza en el archipiélago; resolver la precariedad, asegurar las buenas condiciones de los empleados de los hoteles e instalaciones turísticas, crear condiciones igualitarias de salarios en un sector donde más del 50% son mujeres.

La sostenibilidad debe ser social, económica y ambiental. No queremos crear asimetrías en las islas, queremos reforzar el cuidado de las áreas protegidas, donde habitan especies de flora y fauna únicas, queremos un desarrollo armonioso que evite esos contrastes de hoteles rodeados de barrios de chabolas que existen en otros lugares. No queremos bajo ningún concepto destruir lo que tenemos, porque nos quedaríamos sin nada que ofrecer”.

El turismo”, sigue Duarte, “tiene un importante efecto multiplicador: por cada euro invertido se reciben muchos”. Y repasa sectores en los que impacta, además de los tradicionales servicios: en la agricultura, en las industrias creativas, en la agroindustria, en el transporte… “Aspiramos, además, a ser sostenibles también en alimentos, lograr autoabastecernos. Necesitamos ampliar el foco”. Son muy conscientes, asegura, de la fragilidad de sus ecosistemas, de sus tradiciones y su cultura: “Queremos vender esa diferenciación, es nuestro mayor valor y no, no hay peligro de masificación”.

Por otro lado, el cambio también conlleva innovación en las acciones en beneficio de un turismo más sensible al desarrollo humano. Costa Rica viene utilizando el Índice de Progreso Social en los principales destinos turísticos desde 2016. Con este índice buscan medir el impacto real del turismo en las comunidades locales, por ende, mejorar objetivamente su calidad de vida.

Como dice la citada definición de la OMT cuando habla del mantenimiento de la “integridad cultural, los procesos ecológicos esenciales, la diversidad biológica y los sistemas que apoyan la vida”. Y no solo desde una perspectiva medioambiental, sino también de la preservación del propio producto turístico que, muchas veces, está basado en las condiciones naturales o culturales del destino que son importantes polos de atractivo turístico, sobre todo en verano. Pero precisamente su éxito encierra riesgos que pueden comprometer la supervivencia de sus principales valores. Si estas se destruyen, dejarían de ser un destino atractivo, lo que mermaría las rentas que generan y permiten la supervivencia de una manera digna de la población local. Por lo que, hay que trabajar para ofrecer experiencias transformadoras que aporten un valor extra a los turistas sin menoscabo de los valores que lo hacen único y generen beneficios sociales, económicos y ambientales.

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Isla de Santo Antao en Cabo Verde. Viajera alojada en el borde del volcán de la cala, sobre el valle verde cubierto de niebla y plantas de agave. Fuente El País Digital

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